En un mundo cada vez más convulsionado por guerras, invasiones y tensiones geopolíticas, la posición de los países frente a estos conflictos habla no solo de su política exterior, sino también de sus valores, sus intereses estratégicos y su capacidad diplomática. Argentina, históricamente, ha oscilado entre una postura de no intervención activa y una condena verbal de los actos de violencia internacional. Pero ¿es esa una posición válida en un mundo que demanda definiciones claras?
La neutralidad ha sido una marca registrada de nuestra política exterior, con raíces que se remontan a las dos guerras mundiales. Sin embargo, en el presente, esa neutralidad parece más una forma de evasión que una verdadera estrategia de paz. Frente a conflictos como la invasión rusa a Ucrania, los ataques a Gaza o la crisis en Sudán, Argentina ha optado por declaraciones formales, sin involucrarse de manera directa. Se pronuncia en foros internacionales a favor del respeto al derecho internacional y de los derechos humanos, pero rara vez toma medidas concretas o asume un rol protagónico.
Esta actitud puede leerse como prudente o coherente con nuestra tradición diplomática, pero también corre el riesgo de volverse irrelevante. En un escenario donde la política internacional se divide cada vez más entre potencias que ejercen presión y países que necesitan respaldo, Argentina parece limitarse a mirar desde la vereda, cuidando sus relaciones comerciales más que sus principios éticos.
Por otro lado, es entendible que un país con urgencias económicas, una deuda externa abrumadora y serios desafíos internos no quiera involucrarse directamente en disputas lejanas. Pero el compromiso con la paz y los derechos humanos no requiere tropas ni grandes inversiones: requiere una voz firme, coherente y activa en los espacios multilaterales.
Argentina tiene con qué construir una política exterior ética y propositiva. Tiene trayectoria diplomática, reconocimiento internacional y una comunidad científica y académica con capacidad para proponer soluciones innovadoras. Pero para ello necesita superar el temor a incomodar y animarse a tomar partido, no por intereses ajenos, sino por los valores universales que dice defender.
La pregunta entonces no es si debemos involucrarnos más, sino cómo hacerlo sin perder nuestra identidad ni renunciar a la defensa de los principios. Porque en tiempos de guerra, la indiferencia también toma partido.





