Axel Kicillof inició el 2026 con una definición política que ya no admite ambigüedades: su vínculo con Cristina Fernández de Kirchner quedó definitivamente atrás y su proyección nacional se apoya, cada vez con más claridad, en el entramado de gobernadores peronistas. El gobernador bonaerense entiende que el ciclo del liderazgo cristinista se encuentra agotado y que la reconstrucción del peronismo solo será posible desde una lógica federal, con volumen territorial, poder institucional y autonomía real frente al pasado reciente.
La distancia con su mentora política no es solo simbólica ni discursiva. Hace meses que no existe diálogo, coordinación ni señales de acercamiento. Ese vacío, lejos de paralizarlo, empujó a Kicillof a acelerar su propio armado, con la mirada puesta en el Congreso, en el reordenamiento interno del PJ y en la construcción de una alternativa competitiva frente al gobierno de Javier Milei de cara a 2027. La apuesta es clara: salir de la interna bonaerense y jugar en la liga mayor de la política nacional.
Tras algunos días de bajo perfil, interrumpidos únicamente por la conmoción regional que generó la detención de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos y la crisis política en Venezuela, el mandatario provincial volverá a escena con la agenda clásica del verano. Desde el próximo fin de semana recorrerá los principales destinos turísticos de la costa atlántica y del interior bonaerense, con visitas previstas a distritos como Tandil, Sierra de la Ventana y San Pedro. Serán recorridas institucionales, encuentros con sectores productivos ligados al turismo y actos políticos con fuerte impronta territorial.
Sin embargo, detrás de esa liturgia estacional se mueve una estrategia mucho más profunda. En febrero comenzará a desplegarse a nivel nacional el Movimiento Derecho al Futuro (MDF), la herramienta política con la que Kicillof pretende articular un armado federal propio. La iniciativa busca ordenar a gobernadores, legisladores y dirigentes con anclaje territorial que coinciden en un diagnóstico común: el peronismo necesita un nuevo liderazgo, menos centralizado y más vinculado a la gestión concreta de las provincias.

Durante el primer semestre, la construcción de ese espacio será uno de los ejes centrales de la agenda del gobernador. Kicillof quiere posicionarse como el principal articulador de una oposición amplia al proyecto libertario, capaz de disputar poder real tanto en el Congreso como en el escenario electoral. De un lado, Milei y su programa de ajuste; del otro, un frente político que reúna a quienes consideran inviable la continuidad del actual rumbo económico y social.
En paralelo, el fortalecimiento del bloque de gobernadores peronistas aparece como una pieza clave de esa arquitectura. El grupo, que comenzó a tomar forma con mayor visibilidad en encuentros realizados fuera de Buenos Aires, busca jugar con mayor peso específico en el Parlamento y condicionar tanto al oficialismo como a los sectores del peronismo que aún orbitan alrededor del cristinismo. En ese espacio, Kicillof no solo participa: aspira a liderar.
La ruptura con Cristina Kirchner es total. La última conversación entre ambos ocurrió el 1 de octubre de 2025, cuando el gobernador la visitó en el departamento donde cumple su condena por la causa Vialidad. Fue un encuentro breve, sin continuidad posterior. Desde entonces no hubo mensajes, llamados ni gestos de cercanía, ni siquiera durante la internación de la ex presidenta en el Sanatorio Otamendi. Tampoco existió contacto con Máximo Kirchner. La relación política quedó congelada y, en el entorno del mandatario bonaerense, nadie imagina un escenario de recomposición.
Ese quiebre empujó a Kicillof a tomar una decisión estratégica: correrse del centro de la interna bonaerense y concentrar su capital político en la reconstrucción del peronismo a escala nacional. El esquema de gobernadores ofrece, en ese sentido, una base más sólida. Mandatarios con legitimidad electoral, control territorial y agendas propias que reclaman mayor protagonismo y rechazan una conducción basada en consignas identitarias sin traducción en gestión.
La foto de Kicillof con Gildo Insfrán en Formosa, hacia fines de 2025, debe leerse en esa clave. No fue un gesto aislado ni protocolar. El histórico gobernador formoseño conoce los tiempos del poder y eligió mostrarse con quien hoy aparece como el principal aspirante presidencial de Fuerza Patria dispuesto a recorrer el país con un proyecto propio. El mensaje hacia el interior del peronismo fue inequívoco.
En el Congreso, ese armado federal ya empieza a mostrar señales de coordinación. Legisladores que responden directamente a sus provincias buscan ganar margen de autonomía frente al cristinismo y construir una agenda común que impacte en debates centrales: presupuesto, coparticipación, obras públicas y límites al ajuste impulsado por Milei. Para Kicillof, ese músculo parlamentario será determinante en los próximos dos años.
El debate de fondo que atravesará todo el 2026 dentro del peronismo gira en torno a una pregunta incómoda pero inevitable: hasta dónde llega hoy la capacidad de conducción de Cristina Kirchner y cuánto aporta su figura a la posibilidad de volver al poder. Cada vez más dirigentes sostienen que su liderazgo conserva un núcleo fiel, pero ya no logra ordenar ni ampliar. En un escenario de polarización extrema, esa limitación se vuelve un problema estratégico.
“Las provincias no viven de la ideología ni de consignas”, sintetiza un funcionario cercano a Kicillof para explicar el malestar de varios gobernadores. Reclaman decisiones compartidas, respeto por las agendas locales y una conducción menos verticalista. Ese reclamo, que durante años se expresó en voz baja, ahora empieza a traducirse en poder real.

De cara al segundo semestre, en las distintas terminales del peronismo coinciden en que ya no hay margen para parches ni para una unidad ficticia. El armado electoral de 2025 dejó heridas profundas y expuso las limitaciones del esquema anterior. Para Kicillof y el bloque de gobernadores, es momento de barajar y dar de nuevo, aun cuando eso implique cerrar definitivamente una etapa histórica del movimiento.
Axel Kicillof ya movió sus primeras piezas en el tablero nacional. Sabe que el 2026 será decisivo para definir si su proyección presidencial se consolida o se diluye. Apostó por el camino más complejo: romper con el liderazgo que lo impulsó y construir poder desde el territorio, la gestión y el federalismo. El desenlace aún está abierto, pero el rumbo ya está marcado.





