La modalidad delictiva conocida como “viudo negro” volvió a golpear en La Plata y reavivó la preocupación por una forma de robo que se apoya en el engaño, la construcción de confianza y el uso de aplicaciones de citas. El episodio ocurrió en Ringuelet, en una vivienda ubicada en 513 entre 10 y 10 bis, y dejó como saldo una víctima desorientada, una pérdida económica significativa y una investigación en curso que busca reconstruir una secuencia tan silenciosa como efectiva.
En los últimos años, este tipo de hechos se repite con mayor frecuencia en zonas urbanas del Gran La Plata. No se trata de robos violentos ni de entraderas tradicionales, sino de episodios planificados que comienzan en el terreno digital y se concretan puertas adentro, sin forzar cerraduras ni generar ruidos que alerten al entorno. El denominador común es siempre el mismo: una cita, un clima de confianza y un final marcado por el desconcierto.
En este caso, el contacto inicial se dio a través de Grindr. Durante varios días, la víctima intercambió mensajes con un hombre que se identificaba como “Marcos”. La conversación fue extensa, coherente y sin pedidos extraños, lo que terminó de consolidar una sensación de cercanía que llevó a pactar un encuentro presencial en el domicilio particular.
Un encuentro cotidiano que escondía una trampa
La cita comenzó de manera completamente normal. Mate de por medio, charla distendida y un clima que no despertó sospechas. Nada en la actitud del visitante parecía fuera de lugar. En un momento, el invitado pidió bajar un poco las luces, un gesto que no resultó llamativo en el contexto de un encuentro íntimo. La escena, hasta ese punto, era la de una reunión más, sin señales de alerta evidentes.
Cuando el dueño de casa volvió a sentarse, “Marcos” le ofreció otro mate. Minutos después, el malestar apareció de forma repentina. Mareos, una sensación de debilidad general y una progresiva dificultad para mantenerse lúcido marcaron el inicio de una situación que rápidamente se volvió incontrolable. La víctima intentó entender qué le pasaba, pero el cuerpo ya no respondía con normalidad.
Ante ese cuadro, el invitado adoptó un rol tranquilizador. Aseguró ser quiropráctico y explicó que el malestar podía aliviarse si se recostaba para recibir unos masajes. La explicación, dada en un contexto de confianza y vulnerabilidad, fue suficiente para que la víctima accediera. A partir de ese momento, los recuerdos se vuelven fragmentarios hasta desaparecer por completo.
La escena se corta ahí. No hubo ruidos, forcejeos ni pedidos de ayuda. El mecanismo fue silencioso y preciso, basado en la anulación progresiva de la voluntad de la víctima. La modalidad, según describen especialistas, suele incluir el uso de sustancias que provocan somnolencia o desorientación, aunque la confirmación de ese extremo depende de pericias médicas y toxicológicas.
El despertar y el alcance del robo
La conciencia regresó recién al día siguiente. El despertar fue confuso, con una sensación persistente de aturdimiento y la dificultad para reconstruir lo ocurrido durante varias horas. Al incorporarse, la víctima entendió rápidamente que algo grave había pasado. Los ambientes de la casa estaban completamente revueltos y “Marcos” ya no estaba.
Con el correr de los minutos, el impacto del robo comenzó a dimensionarse. Faltaba una suma importante de dinero en efectivo, el teléfono celular, más de diez pares de zapatillas, 19 perfumes importados de primeras marcas y hasta el módem de internet. No se trató de un hurto improvisado ni de un robo al voleo. El delincuente tuvo tiempo, revisó cada espacio y seleccionó objetos de alto valor y fácil reventa.
El detalle del módem no es menor. En este tipo de hechos, el aislamiento inicial de la víctima aparece como parte del plan. Sin celular ni conexión a internet, las primeras horas posteriores al robo se vuelven críticas y dificultan la posibilidad de pedir ayuda inmediata, rastrear movimientos o alertar a conocidos.
Más allá de lo material, el daño emocional fue profundo. La sensación de haber sido engañado, manipulado y vulnerado en un espacio íntimo se suma al shock del despertar y a la pérdida de recuerdos. La confianza, que fue el punto de entrada del delincuente, se transforma después en una carga difícil de procesar.
El hecho fue denunciado y ya es materia de investigación. La reconstrucción de la identidad utilizada en la aplicación y el seguimiento de los elementos robados son ahora claves para intentar dar con el responsable.
Una modalidad que se expande y genera alerta
El caso ocurrido en Ringuelet se inscribe en una serie de episodios similares registrados en La Plata y otras ciudades del país. El “viudo negro” es una modalidad que se adapta con rapidez a los cambios tecnológicos y a las nuevas formas de vinculación. A diferencia de otros delitos contra la propiedad, aquí no hay violencia explícita ni ingreso forzado: la puerta se abre desde adentro.
Las aplicaciones de citas se convierten en el escenario ideal para este tipo de maniobras cuando son utilizadas con fines delictivos. Los perfiles suelen estar cuidadosamente armados, con fotos creíbles y relatos consistentes. El intercambio previo no es breve ni superficial. Puede extenderse durante días o semanas, justamente para generar una sensación de conocimiento mutuo que reduzca las defensas.
Las víctimas, lejos de actuar con imprudencia, son blanco de estrategias pensadas para explotar la confianza y la intimidad. En muchos testimonios se repite la pérdida de conciencia, la dificultad para recordar y el despertar en un escenario de caos. Esa combinación vuelve especialmente complejo el proceso de denuncia y reconstrucción de los hechos.

Para los investigadores, el desafío es identificar a personas que operan con identidades digitales descartables y que suelen moverse con rapidez entre distintas zonas. Para la sociedad, el desafío pasa por informarse y reconocer que se trata de una modalidad en crecimiento, que no distingue edad ni condición social y que se apoya en prácticas cotidianas cada vez más extendidas.
Mientras avanza la investigación del hecho ocurrido en 513 entre 10 y 10 bis, el caso vuelve a encender una señal de alerta en La Plata. La tecnología amplió las formas de encuentro, pero también abrió nuevas puertas al delito. En ese escenario, la prevención, la información y la rápida respuesta estatal aparecen como herramientas centrales para evitar que historias como esta sigan repitiéndose en silencio.






