Marzo, el lunes del año: cómo transformar la vuelta a la rutina en una oportunidad real de cambio

El peso simbólico de los comienzos

El calendario dice que el año arranca el 1° de enero, pero en la práctica muchos sentimos que el verdadero punto de partida llega con marzo. Después de semanas más livianas, días largos, encuentros improvisados y horarios flexibles, el tercer mes aparece como una frontera clara: vuelven las clases, el trabajo recupera su ritmo habitual y las agendas empiezan a llenarse otra vez. La energía cambia. Lo que en enero parecía lejano o postergable ahora exige decisiones concretas. Marzo tiene algo del lunes: concentra expectativas, obligaciones y también la posibilidad de empezar distinto.

Durante el verano solemos prometer que “en marzo arranco”. Arranco el curso pendiente, retomo el gimnasio, ordeno mis finanzas, escribo ese proyecto que quedó en borrador. Esa acumulación de intenciones convierte a este mes en un territorio cargado de presión. Si no hacemos nada con esa sensación, puede transformarse en agobio. Pero si la tomamos como impulso, puede convertirse en una plataforma para revisar prioridades y redefinir el rumbo. La clave no está en sumar más tareas sino en cambiar la forma en que miramos lo que comienza.

Inspiradas en las ideas de Gerry Garbulsky, especialmente en su libro ¡Lunes otra vez!, estas siete propuestas invitan a usar marzo como una pausa consciente en lugar de vivirlo como una carrera obligatoria. No se trata de reinventarse por completo, sino de hacerse mejores preguntas para construir un año más coherente con lo que realmente queremos.

Siete preguntas para encarar el año con otra energía

  1. ¿De qué tenés sed?
    Una de las dinámicas más potentes que propone Garbulsky es pensar la palabra “SED” como un acrónimo que ordena decisiones. Seguir, Empezar, Dejar. ¿Qué querés seguir haciendo porque te hace bien o te acerca a quien querés ser? ¿Qué querés empezar que hasta ahora postergaste? ¿Qué conviene dejar atrás porque ya no suma? Este ejercicio obliga a discriminar. No todo merece continuar, no todo debe iniciarse ya mismo y no todo requiere un corte drástico. Escribir esas tres columnas puede aportar claridad en medio del ruido de comienzos.
  2. Cambiar la pregunta cambia la respuesta.
    Vivimos evaluando todo en términos binarios: me gusta o no me gusta, sirve o no sirve. Sin embargo, cuando ampliamos la pregunta, ampliamos el pensamiento. En lugar de preguntarte si algo te gustó, podés preguntarte qué te sorprendió, qué aprendiste, qué conversación abrió en vos. También vale revisar qué preguntas repetís automáticamente y cuáles dejaste de hacerte con el tiempo. A veces el estancamiento no tiene que ver con falta de oportunidades sino con la pobreza de nuestras preguntas.
  3. ¿A qué velocidad estás viviendo?
    Marzo suele empujarnos a acelerar. Pero ir más rápido no siempre significa avanzar mejor. Pensar en la velocidad a la que manejás puede ser una metáfora útil: ¿vas siempre al límite o sabés regular? ¿Disfrutás el trayecto o solo pensás en llegar? Bajar un poco la intensidad puede mejorar la calidad de las decisiones. Sostener un ritmo apenas por debajo del máximo no es mediocridad, es estrategia para no agotarse antes de tiempo.
  4. Pequeños cambios sostenidos.
    Existe la fantasía de que para lograr un gran resultado necesitamos una transformación radical. Sin embargo, los cambios mínimos y constantes suelen ser más efectivos. Leer cinco minutos diarios, caminar quince minutos después de trabajar, ordenar un cajón por día. Lo pequeño repetido en el tiempo construye hábitos más sólidos que los arranques intensos que se abandonan a las pocas semanas. Marzo puede ser el laboratorio perfecto para probar microdecisiones que acumulen impacto.
  5. ¿Querés aprender o querés saber?
    La diferencia parece sutil, pero no lo es. Quien quiere saber busca el resultado inmediato. Quien quiere aprender disfruta el proceso. Si tu meta es mejorar un idioma, incorporar una habilidad o explorar un interés nuevo, preguntarte desde qué lugar lo hacés cambia la estrategia. Si solo querés saber, te frustrará la lentitud. Si querés aprender, el recorrido será parte del placer. Detectar esa intención evita abandonar a mitad de camino.
  6. Elegir los lentes.
    Cada persona interpreta la realidad desde modelos mentales propios. Preguntarte qué “lentes” querés usar este año implica decidir cómo vas a reaccionar frente a lo que ocurra. ¿Vas a leer los obstáculos como fracasos o como información? ¿Las críticas como ataques o como oportunidades de ajuste? No podemos controlar todo lo que sucede, pero sí podemos trabajar la perspectiva desde la cual lo miramos.
  7. Construir tiempo significativo.
    Más allá de la productividad, marzo puede ser una invitación a pensar qué vuelve significativo un período de tu vida. Tal vez sea aprender algo nuevo, fortalecer vínculos, animarte a un proyecto personal o simplemente ganar presencia en lo cotidiano. La pregunta no es cuántas cosas vas a hacer, sino cuáles harán que este tramo del año valga la pena ser recordado.

Empezar de nuevo también es una decisión

Hay algo profundamente emocional en los comienzos. Estrenar un cuaderno, inaugurar una agenda, iniciar un proyecto generan una sensación de hoja en blanco que entusiasma. Con el paso de los años, esos inicios parecen escasear. Las rutinas se consolidan, los roles se estabilizan y la vida se vuelve previsible. Sin embargo, no es que desaparezcan los comienzos, sino que dejamos de registrarlos como tales.

Cada decisión consciente puede ser un punto de partida. Empezar una conversación pendiente, probar una actividad distinta, ofrecer ayuda a alguien, reorganizar prioridades. No siempre se trata de cambios espectaculares. A veces basta con alterar una pequeña pieza del engranaje cotidiano para que el sistema completo se reacomode.

Marzo concentra esa simbología porque socialmente funciona como reinicio: el calendario escolar ordena la dinámica familiar, los proyectos laborales retoman intensidad y el clima empieza a anticipar otra estación. Pero más allá de lo cultural, lo importante es la intención. Si el mes se vive como obligación, pesa. Si se vive como oportunidad, habilita.

También es cierto que no todo comienzo es cómodo. Iniciar algo nuevo implica incertidumbre. No sabemos con exactitud cómo resultará, cuánto demandará o si estaremos a la altura. Esa incomodidad es parte del proceso. De hecho, muchas veces el crecimiento aparece justo en ese margen donde todavía no dominamos lo que estamos haciendo.

Tal vez por eso una de las preguntas más potentes para este momento sea: ¿cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez? No como una consigna romántica, sino como una invitación a salir del piloto automático. Hacer algo nuevo reconfigura la percepción del tiempo, nos devuelve la sensación de aprendizaje y activa la curiosidad.

Marzo, entonces, no tiene por qué ser el mes del agobio. Puede ser el espacio para elegir mejor en lugar de hacer más. Para ajustar expectativas en lugar de sumar presión. Para diseñar hábitos pequeños en lugar de promesas grandilocuentes. Para revisar la velocidad, redefinir preguntas y detectar de qué tenemos sed.

Si el año ya empezó, este puede ser el momento en que realmente toma forma. No por la cantidad de metas escritas en una lista, sino por la claridad con la que decidimos cuáles valen nuestro tiempo y nuestra energía. Como cuando en la escuela abríamos un cuaderno nuevo y escribíamos con prolijidad las primeras líneas, el gesto simbólico importa: marca intención.

Marzo puede sentirse como el lunes del año, sí. Pero los lunes también tienen algo valioso: traen la posibilidad de reordenar, de ajustar el rumbo y de empezar otra vez. La diferencia está en cómo elegimos mirarlo.

Foto: Angela López Coach

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