Más allá de los contenidos: la importancia de la afectividad en el aula

La escuela suele pensarse como el espacio privilegiado para la transmisión de conocimientos, pero cada vez con más fuerza se instala otra pregunta: ¿qué lugar ocupan las emociones en la experiencia educativa? En su libro Educar en la empatía, publicado por Editorial Planeta, la investigadora y escritora Carina V. Kaplan propone un giro necesario: poner la afectividad en el centro de la escuela y asumir que enseñar también implica cuidar, reparar y acompañar.

La autora parte de una escena que la conmovió profundamente. Tras una charla sobre violencias en el ámbito escolar, una docente tomó la palabra y dijo, con angustia, que sentía que “los niños están rotos”. Esa frase se transformó en el motor de su reflexión. ¿Qué significa que un niño esté roto? ¿Cómo puede la escuela convertirse en un espacio que no profundice heridas sino que ayude a suturarlas? A partir de esos interrogantes, Kaplan invita a repensar la institución educativa como un territorio donde se dejan huellas afectivas, para bien o para mal.

En tiempos atravesados por discursos agresivos, desigualdades persistentes y experiencias de exclusión, el desafío es enorme. Sin embargo, la autora sostiene que la escuela conserva una potencia transformadora única. Puede ser escenario de humillación o de cuidado; de silencios dolorosos o de palabras que reparan. La diferencia radica en la forma en que se conciba su función social y ética.

Una escuela que aloje y repare

Kaplan retoma la metáfora del “niño roto” para señalar que toda fractura emocional deja marcas. Las experiencias de maltrato, discriminación o indiferencia no desaparecen sin más: se inscriben en la subjetividad. En ese punto, la escuela puede optar por ignorar esas marcas o por asumirlas como parte de su tarea pedagógica. Para la autora, no se trata solo de enseñar contenidos curriculares, sino de ofrecer un entorno que proteja y contenga.

La referencia a No somos irrompibles de Elsa Bornemann refuerza esta idea: así como los objetos pueden quebrarse, las personas también. Reconocer esa fragilidad no implica debilidad, sino conciencia de que el sufrimiento existe y requiere ser atendido. La escuela, entonces, puede funcionar como un espacio de reparación simbólica, donde las palabras, los gestos y las miradas ayuden a reconstruir la autoestima y el sentido de pertenencia.

Desde esta perspectiva, la empatía no es un rasgo innato ni un don reservado a unos pocos. Kaplan subraya que se trata de un aprendizaje social y cultural. No existe un “gen” de la empatía: se forma en la interacción con otros, en la experiencia compartida y en la práctica cotidiana del reconocimiento mutuo. La institución escolar, por su carácter colectivo, resulta un ámbito privilegiado para cultivar esa capacidad.

Asumir esta mirada implica revisar las dinámicas escolares tradicionales. Si el foco se coloca exclusivamente en el rendimiento académico, se corre el riesgo de invisibilizar aquello que los estudiantes sienten. Miedos, angustias, frustraciones y alegrías forman parte del proceso de aprendizaje. Ignorarlos no los elimina; muchas veces los desplaza hacia formas de violencia, retraimiento o desinterés.

La afectividad como dimensión central del aprendizaje

Uno de los planteos más contundentes del libro es que no es posible separar lo cognitivo de lo emocional. Todo aprendizaje está atravesado por afectos. La manera en que un docente mira, escucha y nombra a un estudiante puede fortalecer su confianza o, por el contrario, debilitarla. La mirada pedagógica nunca es neutral: tiene efectos concretos en la trayectoria vital de niñas, niños y jóvenes.

Kaplan sostiene que colocar la afectividad en el centro no significa renunciar a la exigencia académica, sino comprender que el conocimiento se construye mejor en un clima de respeto y cuidado. Cuando el aula se convierte en un espacio seguro, donde se puede preguntar sin miedo al ridículo y equivocarse sin ser humillado, el aprendizaje se potencia.

La autora insiste en la importancia de tramitar las emociones a través de la palabra. Aquello que no encuentra un canal de expresión puede transformarse en violencia hacia otros o hacia uno mismo. Acompañar emocionalmente implica generar instancias de diálogo, habilitar la escucha y ofrecer herramientas simbólicas para comprender lo que se siente.

En este punto, la reparación adquiere un sentido pedagógico profundo. No se trata solo de disculpas formales ante un conflicto, sino de asumir el daño y trabajar activamente para restituir el lazo. Una palabra oportuna de un docente puede marcar una diferencia decisiva. La experiencia escolar está hecha de escenas pequeñas, muchas veces invisibles, que dejan marcas duraderas.

La propuesta de Kaplan dialoga con la idea de que educar es también formar ciudadanía. Una comunidad escolar basada en el buen trato y la consideración recíproca fortalece el tejido social. La empatía, entendida como capacidad de ponerse en el lugar del otro, resulta clave para la convivencia democrática.

La escuela como antídoto frente a la crueldad

En un contexto donde circulan discursos de odio y prácticas de exclusión, la autora plantea que la escuela puede funcionar como un contrapeso. Si el odio se aprende, también puede desaprenderse. La tarea docente incluye ofrecer experiencias que permitan desidentificarse de la crueldad y construir otros modos de vinculación.

Kaplan retoma la definición de empatía desarrollada por Martha Nussbaum, quien la concibe como la capacidad de imaginar la situación del otro desde su perspectiva. No se trata simplemente de “sentir lo mismo”, sino de un ejercicio de imaginación moral que reconoce al otro como sujeto de experiencia. Esta dimensión ética resulta fundamental para pensar la educación en sociedades diversas y desiguales.

Entre las herramientas pedagógicas que la autora destaca se encuentran la lectura de cuentos, el análisis de películas y la escritura de relatos. Estas prácticas culturales permiten explorar emociones, identificar conflictos y ampliar la mirada sobre realidades distintas a la propia. La literatura y el arte, en este sentido, no son adornos del currículo, sino recursos potentes para la formación emocional.

La escritura ocupa un lugar central en su propuesta. Diarios escolares, portfolios o guiones teatrales habilitan la posibilidad de narrar lo vivido y otorgarle sentido. Narrar es una forma de simbolizar, de transformar la experiencia en palabra compartida. Al hacerlo, se construyen memorias colectivas y se fortalecen vínculos.

Hablar de felicidad escolar, aclara Kaplan, no implica imaginar un espacio libre de conflictos o tristezas. La felicidad, entendida como proceso, se construye en la posibilidad de sentirse parte, reconocido y cuidado. Es una promesa colectiva más que un estado permanente. La escuela puede convertirse en ese escenario donde se ejercita la solidaridad y se aprende a convivir con las diferencias.

Al inicio de cada ciclo lectivo, la autora invita a renovar el compromiso con esta dimensión humana de la educación. Docentes y familias comparten la responsabilidad de crear entornos que no solo transmitan saberes, sino que también cultiven sensibilidad. Educar en la empatía es, en definitiva, apostar por una sociedad donde el dolor ajeno no resulte indiferente.

El libro abre una conversación urgente sobre el sentido profundo de la escuela. En tiempos de fragmentación social, recuperar la centralidad de la afectividad no es un gesto romántico, sino una necesidad política y ética. Enseñar a sentir, a reconocer al otro y a tramitar las emociones puede ser tan decisivo como enseñar matemáticas o lengua. En esa apuesta se juega, quizás, la posibilidad de formar generaciones capaces de transformar la crueldad en cuidado y la indiferencia en compromiso.

Foto: Getty

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