En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, cuna y bastión histórico del PRO, el partido que alguna vez representó la unidad del “cambio” hoy transita su etapa más turbulenta. A un mes de las elecciones legislativas porteñas, la fractura es más evidente que nunca. Las disputas entre Mauricio Macri y Patricia Bullrich no solo sacuden la interna partidaria: evidencian un cambio de paradigma dentro del PRO. Hoy, la lógica parece ser clara: mejor romper que ceder.
La pregunta que muchos se hacen es por qué el PRO prefiere tensar al máximo antes que negociar, aislarse antes que abrir el juego, dinamitar puentes antes que construirlos. La respuesta está en el ADN de su crisis: la disputa por el poder no es sólo ideológica, sino simbólica. En un contexto donde Javier Milei se apropió del discurso duro de la derecha y fagocitó parte de su electorado, el PRO se debate entre adaptarse o resistir. Pero resistir, en esta lógica, implica no ceder ni un milímetro, ni siquiera dentro del propio espacio.
Bullrich, hoy aliada del oficialismo libertario, confronta directamente con Macri, quien intenta sostener el liderazgo partidario. Lo que está en juego no es solo un bloque legislativo o una elección, sino el alma del PRO. La posibilidad de acuerdo se vuelve inviable cuando ambos sectores están más interesados en demostrar fuerza que en construir una síntesis común.
Esa falta de acuerdo también es una estrategia. En tiempos donde la política está polarizada y el votante exige definiciones claras, el matiz se convierte en debilidad. El PRO parece haber asumido que la fragmentación no es un error, sino un camino. Prefiere la pureza del conflicto antes que la incomodidad del acuerdo. Y si eso implica romper su bloque, perder bancas o ceder poder institucional, lo aceptan como parte del costo de sobrevivir como fuerza con identidad.
En definitiva, el PRO prefiere romper porque cree que aún puede ganar desde la ruptura. Porque en la política argentina actual, el consenso no siempre se traduce en votos, pero el conflicto sí.





