Ex secretario de Cultura de la Nación, ex director del Teatro Colón e impulsor del BAFICI, Darío Lopérfido murió tras atravesar una larga lucha contra la ELA. En sus últimos meses instaló con fuerza el debate sobre una ley de eutanasia en Argentina, dejando un legado que combina gestión cultural, controversia pública y una discusión pendiente en el Congreso.
La muerte de Darío Lopérfido cierra un capítulo relevante de la vida cultural argentina de las últimas décadas. Su trayectoria atravesó gobiernos, instituciones emblemáticas y debates ideológicos intensos. Fue funcionario nacional, ministro porteño, director de uno de los teatros líricos más prestigiosos del mundo y promotor de uno de los festivales de cine más influyentes de América Latina. Pero en el tramo final de su vida, su figura volvió al centro de la escena por un tema distinto: el derecho a decidir sobre el final de la vida frente a una enfermedad irreversible.
Lopérfido falleció luego de convivir con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una patología neurodegenerativa progresiva que afecta las neuronas motoras y provoca la pérdida paulatina del control muscular. A medida que su cuadro avanzaba, eligió hablar públicamente sobre el deterioro físico y, sobre todo, sobre la necesidad de discutir una ley de eutanasia en Argentina. Sus textos y declaraciones reabrieron un debate legislativo que lleva años sin resolución definitiva.
Su historia personal quedó así entrelazada con su legado institucional. Cultura, política y discusión ética se combinaron en una despedida que excede la dimensión individual y vuelve a poner en agenda temas estructurales para la sociedad argentina.
Del BAFICI al Teatro Colón: una gestión cultural con impacto nacional
Darío Lopérfido fue secretario de Cultura de la Nación durante la presidencia de Fernando de la Rúa y años más tarde ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Mauricio Macri cuando este era jefe de Gobierno. Desde esos cargos impulsó políticas orientadas a reposicionar a Buenos Aires como una capital cultural de proyección internacional.
Uno de los hitos más significativos de su gestión fue el fortalecimiento del BAFICI, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. El evento, que había nacido a fines de los años noventa, se consolidó como una plataforma clave para el cine de autor y las producciones independientes. Bajo su impulso, amplió su programación, reforzó su perfil internacional y consolidó una identidad propia dentro del circuito global de festivales.
El BAFICI no solo generó visibilidad para realizadores emergentes, sino que también posicionó a la Ciudad como un polo de exhibición y debate cinematográfico. Con el paso de los años, se convirtió en una cita obligada para la industria audiovisual regional, atrayendo distribuidores, críticos y programadores de distintos países.
Otro eje central de su trayectoria fue la dirección del Teatro Colón, institución emblemática de la música clásica y la ópera en América Latina. Durante su gestión, se impulsaron reformas administrativas, reorganización presupuestaria y una política artística orientada a recuperar estándares internacionales. La programación incluyó grandes títulos del repertorio operístico, producciones propias y coproducciones con teatros extranjeros.
Esa etapa estuvo marcada por apoyos y cuestionamientos. Sus decisiones generaron debates sobre el modelo de gestión cultural, el vínculo con los trabajadores del teatro y la orientación estética de la programación. Lopérfido defendió públicamente la profesionalización de la administración cultural y la necesidad de transparentar procesos internos. Sus críticos, en cambio, señalaron tensiones laborales y desacuerdos ideológicos.
Más allá de las controversias, su nombre quedó asociado a una etapa de fuerte visibilidad institucional. Tanto el Teatro Colón como el BAFICI ampliaron su proyección internacional en esos años, consolidando a Buenos Aires dentro del mapa cultural latinoamericano.
Polémicas, pensamiento liberal y la Cátedra Vargas Llosa
Además de gestor, Lopérfido fue un actor activo en el debate político e histórico argentino. Sus declaraciones sobre la cifra de desaparecidos durante la última dictadura militar generaron fuertes reacciones y pedidos de renuncia durante su paso por la función pública. Él sostuvo que promovía una discusión historiográfica basada en datos, pero sus palabras abrieron una grieta que marcó su perfil público.
En el plano internacional dirigía la Cátedra Vargas Llosa, espacio vinculado al escritor y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa. Desde allí organizaba encuentros, foros y debates en distintas ciudades del mundo, promoviendo el intercambio entre intelectuales de América Latina y Europa.
La Cátedra funcionó como un ámbito de reflexión sobre literatura, democracia y libertad de expresión. Lopérfido compartía con Vargas Llosa una visión crítica del populismo latinoamericano y una defensa explícita del liberalismo político. Esa afinidad ideológica fue parte de su identidad pública y también de las controversias que lo rodearon.
Su figura quedó así atravesada por una doble dimensión: por un lado, la del gestor cultural que impulsó festivales y revitalizó instituciones; por otro, la del polemista que intervenía sin matices en debates sensibles. Esa combinación lo convirtió en un protagonista permanente de la conversación pública.
ELA y ley de eutanasia en Argentina: el debate que dejó abierto
En los últimos meses, el eje de su intervención pública cambió. La Esclerosis Lateral Amiotrófica avanzó de manera progresiva, limitando su movilidad y autonomía. La ELA es una enfermedad que deteriora las neuronas motoras, provocando parálisis gradual mientras la lucidez mental suele mantenerse. No tiene cura y su evolución implica un deterioro físico profundo.
En ese contexto, Lopérfido comenzó a publicar textos donde describía en primera persona el impacto de la enfermedad. Pero más allá del testimonio personal, planteó la necesidad de que Argentina avance en una legislación sobre eutanasia. Argumentó que la normativa vigente sobre muerte digna —que permite rechazar tratamientos médicos desproporcionados— no contempla la posibilidad de solicitar una intervención activa para poner fin al sufrimiento en casos irreversibles.
En Argentina existen proyectos legislativos presentados en el Congreso que buscan regular la eutanasia bajo estrictos criterios médicos y judiciales. Sin embargo, ninguno ha logrado convertirse en ley. El debate atraviesa dimensiones éticas, religiosas, jurídicas y sanitarias, y divide opiniones dentro del arco político.
El caso de Lopérfido volvió a colocar el tema en la agenda pública. Su decisión de exponer su situación personal otorgó una dimensión concreta a una discusión que muchas veces se plantea en términos abstractos. El interrogante sobre el derecho a decidir el final de la vida quedó planteado con fuerza en un contexto donde la sociedad argentina ya debatió otras ampliaciones de derechos en las últimas décadas.
Su muerte no clausura ese debate. Por el contrario, lo deja abierto. La trayectoria de Darío Lopérfido queda ligada tanto a la transformación de instituciones culturales como a una discusión legislativa pendiente. Entre la gestión del Teatro Colón, el impulso al BAFICI y su rol en la Cátedra Vargas Llosa, construyó una figura influyente y controvertida. En el tramo final, eligió sumar una última intervención pública: poner en palabras el sufrimiento de la ELA y reclamar que el Congreso discuta la eutanasia.
La cultura argentina pierde a uno de sus protagonistas más visibles de las últimas décadas. La política, en cambio, conserva una pregunta que sigue esperando respuesta.





