Australia avanza con una innovación que promete transformar el mercado energético global: un polvo de hidrógeno más fácil, seguro y económico de transportar, que posiciona al país como líder mundial en energías renovables
Lo que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción, hoy se proyecta como uno de los desarrollos más prometedores en la transición energética global. Investigadores australianos lograron convertir al hidrógeno, considerado clave para descarbonizar la industria pesada y el transporte, en un polvo estable y reutilizable, más fácil de almacenar y transportar que sus versiones líquida o gaseosa.
El hallazgo nació de la colaboración entre la Universidad de Curtin y la empresa Velox Energy Materials, con el respaldo del gobierno australiano. El sistema se basa en el borohidruro de sodio (NaBH₄), un material que, gracias a la reacción mecanoquímica, puede almacenar grandes cantidades de hidrógeno de forma segura. “En condiciones normales, el polvo es estable y solo libera el gas a temperaturas superiores a 200 grados, lo que lo hace mucho más seguro que el hidrógeno líquido o comprimido”, explicó el profesor Ian Chen, nanotecnólogo de la Universidad de Deakin y miembro del equipo que inició esta investigación en 2022.
Una economía circular del hidrógeno
La innovación no solo consiste en el almacenamiento. Los científicos idearon una economía circular: tras liberar el hidrógeno, queda un subproducto borato de sodio que puede recargarse nuevamente con hidrógeno, evitando desechos y reduciendo costos. Esta solución fue clave para que la Agencia Australiana de Energías Renovables (ARENA) financiara el proyecto con cinco millones de dólares australianos en 2024.
Según Craig Buckley, director del Grupo de Investigación de Almacenamiento de Hidrógeno de la Universidad de Curtin, la producción masiva de este polvo podría realizarse con la energía solar y eólica que abunda en Australia, generando un combustible renovable “verde” a gran escala.
Más barato, más seguro y más viable
El hidrógeno líquido exige temperaturas extremas por debajo de -250 °C y un alto consumo eléctrico para mantenerse estable, mientras que el gaseoso requiere una compresión costosa. El polvo australiano, en cambio, se transporta de forma segura en contenedores convencionales y resulta un 15% más barato que el hidrógeno en forma de amoníaco, que además es tóxico.
Los cálculos preliminares sugieren que un solo mes de producción para 2030 podría cubrir la demanda mundial de hidrógeno, un hito comparable con la masificación de los paneles solares en su momento.
Australia, rumbo al liderazgo energético
Con esta innovación, Australia apunta a convertirse en el principal exportador de hidrógeno renovable del planeta, ofreciendo a los países una vía más económica y segura para alcanzar sus metas de descarbonización.
El “polvo de hidrógeno” no solo representa un avance tecnológico: simboliza también el giro hacia un modelo energético más sostenible y accesible, capaz de acelerar la transición global hacia un futuro sin combustibles fósiles.
Foto: la cara buena del mundo





