Boca necesitaba ganar. No había margen para otra cosa. Después de un arranque irregular en el Torneo Clausura y de una derrota que todavía dolía, el Xeneize salió al césped del Tomás Adolfo Ducó con una obligación que se sentía desde el primer minuto: recuperar la confianza, volver a sumar de a tres y demostrar que todavía podía levantarse. Del otro lado estaba Estudiantes, un rival incómodo, intenso, de esos que no regalan una pelota ni un metro. Y el partido terminó siendo exactamente eso: una batalla cerrada, áspera, con pocas concesiones y un solo grito que terminó inclinando todo.
Boca ganó 1-0. Y el héroe tuvo un apellido que, para el rival, dolió todavía más: Ascacíbar.
El comienzo fue de dientes apretados. Boca intentó hacerse dueño de la pelota y avanzar con paciencia, pero Estudiantes no se quedó esperando. El Pincha presionó, buscó incomodar la salida y encontró espacios para atacar. El Xeneize tenía la intención de jugar lejos de su arco, aunque durante varios pasajes del primer tiempo le costó transformar la posesión en peligro real.
Ahí apareció Álvaro Montero.
El Xeneize entendió que ya no necesitaba desesperarse. Se acomodó, cerró espacios y trató de aprovechar los huecos que dejaba el Pincha cuando se adelantaba. Estudiantes empujó, buscó llegar por los costados y trató de encontrar una grieta en una defensa que, esta vez, respondió.
Boca tuvo posibilidades para liquidarlo. Le faltó precisión en los metros finales. El 2-0 estuvo cerca en algunos momentos, pero nunca llegó. Y eso mantuvo vivo al rival hasta el último minuto.
Porque ganar 1-0 tiene esa particularidad: cualquier pelota perdida puede convertirse en una pesadilla.
Cada avance de Estudiantes empezó a generar tensión. Cada centro al área obligaba a Boca a retroceder. Cada pelota dividida se jugaba como si fuera la última. El Xeneize sabía que un empate en el final podía tirar por la borda todo el esfuerzo realizado durante la noche.
Boca no fue una máquina. No necesitó serlo. Fue un equipo que entendió que primero tenía que volver a ganar y después pensar en todo lo demás. El triunfo no fue una exhibición de fútbol ofensivo ni una goleada para recuperar la sonrisa de inmediato. Fue una victoria trabajada, sufrida y, sobre todo, necesaria.
El mediocampo tuvo una noche importante. Ascacíbar corrió, peleó y terminó haciendo el gol que decidió el partido. Milton Delgado también aportó equilibrio. Y cuando Boca necesitó sostener el resultado, la defensa respondió con mayor firmeza que en presentaciones anteriores.
Estudiantes tuvo sus oportunidades, especialmente en el primer tiempo. Boca sufrió por momentos y tuvo que apoyarse en Montero. Pero el arco quedó en cero. Y después de lo ocurrido en el inicio del campeonato, eso también vale.
Los minutos finales fueron largos. Eternos.
Boca quería que terminara. Estudiantes buscaba una última oportunidad. La pelota iba y venía, pero el Xeneize ya tenía una idea fija: cerrar el partido.
Hasta que llegó el pitazo final.
Boca ganó.
No hubo goleada. No hubo festival. No hubo una noche de esas que quedan en la memoria por la cantidad de goles. Hubo algo quizás más importante para este equipo: una victoria que permite respirar.
El 1-0 ante Estudiantes significa mucho más que tres puntos. Es el primer triunfo de Boca en el Torneo Clausura 2026 y aparece después de un comienzo que había dejado dudas. El equipo necesitaba una señal y la encontró en Parque Patricios.
Y qué mejor que hacerlo con la ley del ex.
Santiago Ascacíbar apareció cuando Boca más lo necesitaba, justo antes del descanso, justo cuando el partido pedía una chispa que rompiera la igualdad. Su remate cambió la noche. Después hubo que correr, sufrir, defender y aguantar.
Pero Boca aguantó.
El Xeneize se llevó un triunfo corto en el marcador, pero enorme en el contexto. Un 1-0 que no será recordado por la cantidad de goles, sino por el momento en que llegó, por la tensión que tuvo que soportar y por el nombre del futbolista que terminó escribiendo la historia.
Ascacíbar contra su pasado.
Boca contra sus dudas.
Y una victoria que, por fin, vuelve a poner al Xeneize en marcha.





