Boca Juniors consiguió el objetivo. No fue con una actuación brillante ni con una noche tranquila, pero sí con el carácter que tantas veces apareció en las noches coperas. En el estadio El Teniente de Rancagua, el Xeneize perdió 1-0 frente a O’Higgins durante los 90 minutos, igualó la serie tras el triunfo obtenido en La Bombonera y terminó sellando la clasificación a los octavos de final de la Copa Sudamericana desde los doce pasos, en una definición cargada de tensión, nervios y desahogo.
El conjunto dirigido por Rodolfo Arruabarrena llegó a Chile con la ventaja mínima conseguida gracias al gol de Miguel Merentiel en el encuentro de ida. El plan parecía claro: controlar el desarrollo, aprovechar los espacios y hacer valer la diferencia. Sin embargo, el equipo nunca logró sentirse cómodo y terminó disputando un partido mucho más complicado de lo esperado.
Los primeros minutos mostraron a un Boca decidido a asumir el protagonismo. Con intensidad para recuperar la pelota y atacar rápido, intentó imponer condiciones, aunque esa postura duró poco. La presión inicial fue perdiendo fuerza y el conjunto chileno comenzó a crecer con el correr de los minutos, empujado por su gente y por la necesidad de revertir la serie.
A pesar de que O’Higgins manejó más tiempo la pelota durante varios pasajes del encuentro, tampoco encontraba claridad para lastimar. El partido cayó en un desarrollo muy disputado, con mucha fricción en el mediocampo, pocas situaciones de peligro y una enorme tensión propia de una eliminatoria internacional.
Boca tampoco conseguía generar juego. La circulación era lenta, faltaban conexiones entre los mediocampistas y los delanteros prácticamente no recibían pelotas limpias. Cada ataque terminaba diluyéndose antes de llegar al área rival y el reloj empezaba a jugar un papel importante.
En el complemento, el encuentro ganó intensidad. O’Higgins adelantó sus líneas, empujó cada vez con mayor decisión y encontró el premio que tanto buscaba. El gol chileno igualó la serie y obligó a Boca a convivir nuevamente con los fantasmas de una eliminación inesperada. La ventaja conseguida en Buenos Aires había desaparecido y el pase a octavos volvía a estar completamente abierto.
Lejos de reaccionar futbolísticamente, Boca siguió mostrando dificultades para generar peligro. La falta de precisión en los metros finales volvió a ser una preocupación. Incluso, el primer remate realmente claro del equipo argentino recién llegó cerca del final del partido, cuando el juvenil Aranda sacó un potente disparo que exigió una gran respuesta del arquero Carabalí para mantener con vida a los locales.
Con el empate global consumado y sin tiempo para más, la clasificación debía resolverse mediante la tanda de penales. Allí apareció otro partido, uno donde la personalidad pesa tanto como la técnica.
La definición comenzó con máxima tensión. Cada ejecución aumentaba la presión y cualquier error podía resultar definitivo. Boca convirtió la mayoría de sus remates, aunque sufrió el insólito intento de Panenka de Aranda, que terminó desperdiciando una oportunidad importante. Sin embargo, cuando parecía que la serie volvía a complicarse, emergió la figura del arquero Montero. Cuestionado en sus últimas presentaciones, el guardameta respondió cuando más lo necesitaba el equipo y contuvo un penal decisivo que inclinó definitivamente la balanza para el conjunto argentino.
El último disparo desató la locura. Los jugadores corrieron hacia su arquero, los suplentes invadieron el campo y el desahogo fue total. Boca había sufrido durante toda la noche, pero seguía con vida en la Copa Sudamericana.
La clasificación deja sensaciones encontradas. Desde el resultado, el objetivo está cumplido y el boleto a los octavos de final ya es una realidad, donde espera Recoleta de Paraguay. Desde el funcionamiento, todavía quedan muchas cuentas pendientes. El equipo volvió a mostrar dificultades para generar situaciones, perdió protagonismo durante varios tramos del partido y dependió de los penales para evitar una eliminación dolorosa.
Aun así, las noches coperas suelen construirse desde la resistencia. Boca entendió cómo sobrevivir cuando el fútbol no apareció. Aguantó el golpe del empate en la serie, soportó la presión de un estadio completamente volcado a favor del equipo chileno y encontró en la definición por penales la recompensa a su carácter.
No fue una clasificación brillante ni mucho menos cómoda. Fue una de esas victorias que se recuerdan por el sufrimiento, por la tensión y por el alivio del final. Boca sigue en carrera. Con mucho por mejorar, pero con la ilusión intacta de seguir escribiendo su historia en la Copa Sudamericana.






