La expansión del bloque BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que en 2024 sumó a Argentina, Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos ;aunque no todos finalmente concretaron su ingreso, ha despertado tanto entusiasmo como escepticismo. Para algunos, representa un giro histórico hacia un nuevo orden multipolar. Para otros, una alianza pragmática con escasa cohesión y demasiadas contradicciones internas. ¿Es BRICS+ el germen de una alternativa real al dominio occidental o simplemente un foro sin rumbo definido?
Desde su nacimiento en 2009, los BRICS han sido presentados como el “Sur Global” en busca de voz propia. Pero lo cierto es que los intereses de sus miembros han sido, en muchos casos, más divergentes que complementarios. India y China mantienen tensiones fronterizas; Brasil ha oscilado en su compromiso con el bloque según el signo político de su gobierno; Rusia lo utiliza como instrumento diplomático ante su aislamiento por la guerra en Ucrania. La expansión, lejos de resolver estas tensiones, las amplifica.
El ingreso de países como Irán y Arabia Saudita en un mismo espacio político es, en sí, un acto simbólico audaz. Pero también revela la falta de un proyecto común más allá de la retórica anti-hegemónica. ¿Cómo construir una agenda coordinada entre regímenes con intereses energéticos y geopolíticos diametralmente opuestos? ¿Qué objetivos reales más allá de las declaraciones comparten una democracia como Brasil, una teocracia como Irán y una monarquía absoluta como Arabia Saudita?
Detrás de la ampliación, sin embargo, hay una verdad incómoda para Occidente: el orden liberal liderado por Estados Unidos está siendo desafiado no tanto por una alternativa ideológica coherente, sino por el hartazgo de muchas naciones con la desigualdad estructural del sistema financiero y político global. En ese sentido, BRICS+ es más una señal de descontento que un plan acabado.
El proyecto de una moneda común, por ejemplo, todavía es un anhelo más que una realidad. Y aunque se habla de “desdolarización”, la dependencia de los países miembros respecto del dólar y las instituciones de Bretton Woods (FMI, Banco Mundial) sigue siendo estructural. Tampoco hay consenso sobre políticas climáticas, estándares democráticos o estrategias de desarrollo compartidas.
No obstante, desestimar el BRICS+ sería un error. El bloque representa una parte creciente del PBI global, controla importantes reservas de recursos naturales y empieza a construir instituciones propias, como el Nuevo Banco de Desarrollo. Más importante aún: expresa un deseo legítimo de muchos países por dejar de ser meros espectadores en los grandes debates del mundo.
La pregunta, entonces, no es si BRICS+ reemplazará al G7 o a la OTAN. No lo hará, al menos no en el corto plazo. La pregunta clave es si podrá transformarse en un espacio de cooperación eficaz y con reglas propias, sin replicar los mismos desequilibrios de poder que critica.
Hoy, BRICS+ es más un espejo del mundo fragmentado que una alternativa real. Pero los espejos, aunque no cambien la realidad, nos obligan a mirarnos. Y eso, en tiempos de cambio, ya es un primer paso.






