En un presente saturado de estímulos, donde todo parece durar apenas segundos, escribir y fotografiar se vuelve un gesto íntimo y colectivo. Una forma de resistencia frente al olvido, un modo de cuidar lo vivido y de construir memoria en medio del vértigo.
En esta época de pantallas que se actualizan cada segundo, de noticias que desaparecen en cuestión de horas, y de emociones que se consumen tan rápido como se comparten, me pregunto qué es lo que permanece. ¿Qué queda después del scroll infinito? ¿Qué es lo que, al final del día, logra no ser arrastrado por la corriente de lo inmediato?
Siento que escribir y fotografiar, en este contexto, no es solo una actividad estética o creativa. Es un acto profundamente humano, casi político. Una forma de poner el cuerpo en lo que muchas veces pasa de largo. De elegir mirar con atención, detenerse, y decir: esto que está pasando importa. Porque todo lo que no se nombra, se pierde. Y todo lo que no se registra, corre el riesgo de ser olvidado.
La escritura nos permite no solo narrar los hechos, sino comprenderlos. Poner en palabras lo que nos atraviesa: la tristeza, el amor, la incertidumbre, el deseo, el miedo. Cuando escribimos, le damos estructura a lo caótico, ordenamos los fragmentos sueltos de la vida. No escribimos para tener la razón, sino para buscarla. No para explicar el mundo, sino para explorarlo.
Y algo similar sucede con la fotografía. No se trata solamente de capturar una imagen bonita o espectacular, sino de construir una mirada. Una fotografía también habla del ojo que la tomó, de la intención detrás del clic. Elegir qué encuadrar es también elegir qué contar. Qué queremos recordar. Qué nos duele. Qué nos conmueve.
En una sociedad obsesionada con producir y olvidar, registrar con palabras o imágenes es una manera de cuidar. Cuidar lo vivido. Cuidar a los otros. Cuidar la memoria. No hay acto más amoroso que guardar lo que podría haberse perdido. Una foto borrosa de una reunión familiar. Un texto improvisado en una madrugada de insomnio. Un poema escrito en el margen de un cuaderno. Todo eso construye la historia. Todo eso es un archivo de lo real.
Pienso también en quienes vendrán después. ¿Cómo sabrán qué sentimos nosotros? ¿Cómo se enterarán de lo que dolía, de lo que nos hizo felices, de cómo sobrevivimos a estos tiempos vertiginosos? Quizás no podamos predecir el futuro, pero sí podemos dejar rastros. Fragmentos. Puentes. Y en esos puentes estarán nuestras fotos, nuestras palabras, nuestros gestos de humanidad.
Lo que hoy parece banal, quizás mañana sea valioso. Lo que hoy es solo un registro doméstico, una crónica mínima, puede convertirse en una pieza clave para comprender una época. La historia grande también se arma con pequeños relatos.
Por eso, creo que escribir y fotografiar no es solo para quienes se dedican profesionalmente al arte o al periodismo. Es para todos. Es una forma de habitarnos, de enraizarnos, de decir: yo estuve acá. Y también: esto es lo que vi, esto es lo que sentí.
A veces, cuando dudo de si vale la pena seguir escribiendo o sacando fotos porque todo se pierde, porque nadie lee, porque el algoritmo no perdona, me repito esta idea: quizás no se trata de tener éxito, sino de dejar huella. No importa cuántos lo vean hoy. Importa que quede. Que resista. Que hable por nosotros cuando ya no podamos hacerlo.
En tiempos tan fugaces, escribir y fotografiar es sembrar memoria. Y si hay algo que este mundo necesita con urgencia, es recordar.
Foto: https://graffica.info/






