La historia del Mercosur permite leer, casi como en un espejo, las transformaciones del Estado argentino y de su estrategia de inserción internacional. Entre el inicio del bloque en los años noventa, bajo los gobiernos de Carlos Menem, y el acuerdo de asociación firmado en 2026 entre el Mercosur y la Unión Europea durante la presidencia de Javier Milei, no solo median más de tres décadas: median dos concepciones distintas del desarrollo, del rol del Estado, del comercio exterior y del lugar de la Argentina en el mundo. Comparar ambos períodos no implica establecer una continuidad lineal, sino entender cómo el Mercosur pasó de ser una herramienta de integración regional defensiva a convertirse en una plataforma de proyección global.
El Mercosur de Menem: integración regional como anclaje político y económico
Durante el primer mandato de Carlos Menem, el Mercosur nació como parte de un rediseño profundo de la política exterior argentina. El Tratado de Asunción, firmado en 1991 junto a Brasil, Paraguay y Uruguay, respondió a una lógica propia del fin de la Guerra Fría: consolidar la democracia, reducir tensiones históricas entre Argentina y Brasil y generar un mercado ampliado que diera previsibilidad a economías frágiles tras la década de 1980. El Mercosur fue, en ese contexto, un acuerdo fundacional, orientado a la creación de un mercado común regional, con énfasis en la liberalización intrazona y la coordinación gradual de políticas.

El bloque funcionó como complemento del modelo económico interno de los noventa. La apertura comercial, la convertibilidad y las privatizaciones encontraron en el Mercosur un espacio de contención: la industria argentina podía perder protección frente al mundo, pero ganaba un mercado regional relativamente cercano y conocido. Sin embargo, el alcance del Mercosur menemista fue esencialmente regional. No existió una estrategia sostenida de acuerdos extrabloque de gran escala; el énfasis estuvo puesto en consolidar el comercio intrarregional y en usar el Mercosur como carta política en el vínculo con Estados Unidos y Europa, más que como un actor autónomo del comercio global.
En términos de tratados internacionales, el Mercosur de los años noventa fue prudente y limitado. Se avanzó en acuerdos marco, declaraciones conjuntas y negociaciones preliminares, pero sin concreciones de gran magnitud con otros grandes bloques. La prioridad era estabilizar economías, reducir conflictos y construir confianza política. El Mercosur fue, ante todo, un instrumento de ordenamiento regional.
El Mercosur de Milei: apertura global y ruptura de inercias
El acuerdo de asociación entre el Mercosur y la Unión Europea firmado en 2026 marca un punto de inflexión. A diferencia del período fundacional, el Mercosur que acompaña a Javier Milei ya no se limita a integrar economías vecinas, sino que se proyecta como un actor relevante en el comercio global. El tratado con la Unión Europea no es solo un acuerdo comercial: es una asociación birregional que abarca comercio, inversiones, normas técnicas, propiedad intelectual, estándares sanitarios y cooperación política.
La diferencia central con el período menemista radica en la profundidad y el alcance del tratado. Mientras el Mercosur de los noventa buscaba reducir aranceles dentro del bloque y consolidar un arancel externo común, el acuerdo Mercosur-UE elimina progresivamente más del 90% de los aranceles bilaterales y obliga a una convergencia regulatoria de enorme complejidad. No se trata ya de comerciar más entre socios, sino de competir en uno de los mercados más exigentes del mundo.
En este punto, la impronta de Milei introduce una ruptura clara. El actual gobierno concibe al Mercosur como una plataforma flexible, no como un corsé. La firma del acuerdo con la Unión Europea convive con una estrategia explícita de avanzar en negociaciones paralelas con Estados Unidos, Asia y Medio Oriente, incluso cuando eso genera tensiones dentro del propio bloque. A diferencia de Menem, que usó el Mercosur como anclaje regional dentro de un alineamiento geopolítico más amplio, Milei busca usarlo como trampolín hacia una apertura comercial agresiva y multidireccional.
Diferencias de tratados y de enfoque productivo
Las diferencias entre ambos períodos se reflejan con claridad en el tipo de tratados que se priorizan. En los años noventa, el Mercosur fue un acuerdo de integración regional gradual, con fuerte presencia estatal en la negociación y con mecanismos de excepción frecuentes para proteger sectores sensibles. El comercio era importante, pero subordinado a la estabilidad macroeconómica y a la política interna.
El acuerdo Mercosur-Unión Europea, en cambio, implica compromisos estructurales de largo plazo. Exige reglas claras, previsibilidad jurídica, adaptación productiva y capacidad de competir bajo estándares ambientales, laborales y sanitarios estrictos. Aquí aparece una de las apuestas centrales del gobierno de Milei: forzar una transformación de la estructura productiva argentina y regional mediante la competencia externa, reduciendo protecciones y empujando a los sectores exportadores más dinámicos.
Desde esta lógica, Milei considera que el acuerdo “hace bien” porque amplía mercados, reduce barreras y disciplina al sistema productivo local. Energía, minería, agroindustria y economía del conocimiento aparecen como los grandes beneficiados, con potencial para atraer inversiones y aumentar exportaciones. A diferencia del Mercosur de Menem, que protegía parcialmente a la industria regional, el nuevo esquema asume que algunos sectores perderán competitividad y deberán reconvertirse o desaparecer.
América Latina y Europa: una convergencia de intereses
El impacto sobre América Latina también marca una diferencia clave entre ambos momentos. En los noventa, el Mercosur funcionó como un espacio de coordinación entre economías relativamente similares, con asimetrías manejables y conflictos negociables. Hoy, el acuerdo con la Unión Europea expone a las economías latinoamericanas a una competencia mucho más intensa, pero también les ofrece una oportunidad inédita de inserción global.
Para América Latina, el tratado puede ser un motor de productividad si logra atraer inversiones, incorporar tecnología y diversificar exportaciones. La clave estará en evitar que el bloque se limite a exportar materias primas sin valor agregado. En este sentido, la diferencia con el período menemista es notable: entonces, el Mercosur acompañó un proceso de desindustrialización sin contrapesos externos; ahora, el desafío es usar el acceso al mercado europeo para escalar en la cadena de valor.
Para Europa, las razones son igualmente estratégicas. El acuerdo le permite diversificar proveedores, reducir dependencias asiáticas y asegurar acceso a recursos clave como alimentos, energía y minerales críticos. Además, consolida su influencia geopolítica en una región históricamente disputada por otras potencias. A diferencia de los noventa, cuando Europa observaba al Mercosur como un bloque emergente sin urgencias estratégicas, hoy lo ve como un socio necesario en un mundo fragmentado y competitivo.

Dos Mercosur, dos lógicas de inserción internacional
En síntesis, el Mercosur de Menem y el de Milei representan dos etapas claramente diferenciadas. El primero fue un proyecto de integración regional defensiva, pensado para estabilizar democracias y economías en transición. El segundo es una apuesta de apertura global, con costos y beneficios más desiguales, pero con un potencial de transformación mucho mayor. Las diferencias de tratados, de profundidad y de objetivos muestran que el Mercosur dejó de ser solo un acuerdo entre vecinos para convertirse en una pieza central de la geopolítica y el comercio mundial.
El desafío, como en los noventa pero en otra escala, será evitar que la apertura se traduzca en exclusión y pérdida de capacidades productivas. La historia del Mercosur demuestra que los acuerdos no son buenos o malos en sí mismos: su impacto depende de cómo los Estados los gestionan, de las políticas internas que los acompañan y de la capacidad de transformar oportunidades en desarrollo real.





