Con el cambio climático abriendo rutas y recursos en el Polo Norte, China y Rusia intensifican su presencia en una región que ya no es solo tierra de hielo, sino escenario clave del poder global. La competencia por el control del Ártico desafía la cooperación internacional y pone en riesgo a las comunidades que habitan este territorio ancestral
Cuando Magnus Mæland asumió como alcalde de una pequeña ciudad en el norte de Noruega, no imaginó que apenas semanas después tocarían a su puerta no una, sino tres delegaciones chinas. La escena parece salida de una novela geopolítica, pero refleja una verdad inquietante: el Ártico ya no es simplemente una región remota y helada; es el nuevo tablero de ajedrez del poder global.
China, que se autodefine como un «estado casi ártico» a pesar de que su ciudad más septentrional está a la altura de Venecia (BBC News Mundo, 2024), busca desesperadamente una presencia permanente en el Polo Norte. La razón es evidente: con el deshielo acelerado, el Ártico se calienta cuatro veces más rápido que el resto del planeta, se abren rutas comerciales más cortas entre Asia y Europa y, sobre todo, acceso a recursos naturales valiosísimos como petróleo, gas y minerales críticos (BBC News Mundo, 2024).
En este contexto, Kirkenes, la olvidada ciudad noruega cerca de la frontera con Rusia, podría convertirse en el “Singapur del Alto Norte”, según su director portuario Terje Jørgensen. Pero el entusiasmo local contrasta con una creciente desconfianza nacional e internacional. Noruega ha endurecido sus leyes para evitar que actores extranjeros , léase China, adquieran infraestructura crítica. El propio alcalde Mæland lo resume con contundencia: “Queremos una relación con China, pero no queremos depender de ella” (BBC News Mundo, 2024).
Y es aquí donde entra Rusia, el otro actor fundamental en este juego. Dueña de la mitad de la costa ártica, ha encontrado en Pekín un socio con el que comparte ejercicios militares, inversiones y aspiraciones estratégicas. La patrulla conjunta de octubre de 2023, en la que la guardia costera china se adentró por primera vez en aguas del Ártico junto a fuerzas rusas, fue una declaración de intenciones: “Nosotros también jugamos este juego” (BBC News Mundo, 2024).
Sin embargo, la relación ruso-china está lejos de ser idílica. Moscú sabe que depende de los recursos naturales del Ártico y desconfía de que Pekín busque controlar demasiado. Por su parte, China camina en la cuerda floja: quiere acceso, pero sin poner en riesgo sus vínculos con Occidente ni exponerse a sanciones (Østhagen, citado en BBC News Mundo, 2024).
En este nuevo escenario de tensiones, el antiguo “excepcionalismo ártico” aquella noción de que las naciones podían dejar sus diferencias a un lado para proteger este ecosistema único parece una reliquia romántica. Las potencias priorizan sus intereses, y la cooperación queda relegada frente a la competencia por rutas, recursos y supremacía militar.
Y en medio de todo esto, las comunidades indígenas que han habitado el Ártico durante siglos ven sus territorios convertidos en botín. Miyuki Daorana, activista inughuit de Groenlandia, acusa a los gobiernos de un “colonialismo verde” disfrazado de preocupación climática, donde los derechos ancestrales son ignorados en nombre del desarrollo (BBC News Mundo, 2024).
El Ártico ya no es el “fin del mundo”. Es el centro de una lucha de poder que podría redefinir el orden global. Pero esta carrera no está exenta de riesgos: la militarización, el espionaje, las tensiones fronterizas y las amenazas híbridas convierten al Polo Norte en una nueva zona de peligro. Y como suele ocurrir, los que menos poder tienen son los que más tienen que perder.
Foto: Estudio de Visualización Científica de la NASA






