El 25 de mayo, un buque carguero con bandera de Liberia naufragó frente a la costa de Kerala, en el sur de India. Su carga: más de 70.000 bolsas con nurdles, diminutas esferas plásticas de entre 1 y 5 milímetros, materia prima de casi todos los productos de plástico que utilizamos en la vida cotidiana. Lo que parecía un accidente más en las rutas marítimas se convirtió, tres meses después, en una catástrofe ambiental que todavía se expande por el océano Índico.
Los nurdles son pequeños, livianos y flotan con facilidad. Esa combinación los hace casi imposibles de recolectar una vez liberados al mar. Millones de ellos siguen apareciendo en las playas de Kerala, atrapados en redes de pesca y dispersos en aguas internacionales. En Sri Lanka también se registraron apariciones recientes, lo que recuerda a otro episodio devastador: en 2021, el hundimiento de un buque liberó más de 1.600 toneladas de pellets plásticos en sus costas, considerado hasta hoy el mayor desastre ambiental de este tipo.
El problema es doble. Por un lado, la fauna marina confunde estas microesferas con alimento: peces, aves y tortugas pueden ingerirlos fácilmente. Por otro, los nurdles funcionan como vectores de bacterias y químicos tóxicos que, al entrar en la cadena alimentaria, terminan afectando no solo a la biodiversidad, sino también a la salud humana.
A pesar de sus impactos comprobados, a nivel internacional los pellets plásticos no están clasificados como material peligroso. Esto significa que su transporte marítimo se realiza bajo normas mínimas de seguridad, como si fueran un insumo industrial más. Organizaciones ambientales y expertos en derecho marítimo reclaman que los convenios internacionales incluyan regulaciones específicas para este material, considerado ya por muchos como “el segundo mayor contaminante oceánico después de los derrames de petróleo”.
Mientras tanto, el gobierno de Kerala presentó un reclamo por 1.100 millones de dólares contra la empresa naviera responsable del accidente. La demanda busca cubrir los daños económicos, ambientales y sociales que dejó el derrame. La respuesta judicial aún está pendiente, pero los científicos coinciden en que el perjuicio ambiental ya es irreversible: las costas afectadas necesitarán décadas para recuperarse, si es que logran hacerlo.
El caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta urgente: ¿qué lugar ocupa el plástico en la agenda ambiental global? Mientras la producción continúa en aumento y la logística internacional carece de controles estrictos, los océanos parecen convertirse en el destino final de un material que la humanidad aún no sabe cómo controlar.
Foto: Josep Lago






