El Superclásico volvió a demostrar por qué es el partido que detiene al país. En el imponente Estadio Monumental, Boca Juniors se llevó un triunfo gigante por 1 a 0 ante River Plate, en un duelo tenso, cortado y cargado de emociones que explotaron en momentos clave. El gol llegó en el instante justo, cuando el primer tiempo se moría: a los 45+2, una mano en el área millonaria cambió el destino del partido tras la intervención del VAR.
Desde el arranque, el encuentro se jugó con los dientes apretados. River intentó asumir el protagonismo, empujado por su gente, pero se encontró con un Boca ordenado, compacto y decidido a no dejar espacios. El mediocampo fue una zona de batalla constante, con roces, discusiones y una intensidad que no dio respiro. Las situaciones claras escaseaban, pero la tensión se sentía en cada pelota dividida.
Boca apostó a la inteligencia: líneas juntas, presión en momentos justos y paciencia para esperar su oportunidad. River, en cambio, buscó con más insistencia que claridad. Centros que no encontraban destino, intentos individuales que chocaban contra una defensa firme. Así, el primer tiempo se consumía sin grandes sobresaltos… hasta que llegó la jugada que lo cambió todo.
Centro al área, rebote y mano. Reclamos, dudas y miradas al árbitro. La jugada siguió unos segundos, pero la tecnología no tardó en intervenir. Llamado del VAR, revisión y decisión final: penal para Boca. El Monumental estalló en protestas, mientras los jugadores rodeaban al árbitro. Pero el fallo ya estaba tomado.
El encargado fue Leandro Paredes. Sin titubeos, con la frialdad de los que entienden el peso del momento, se adueñó de la pelota. Carrera corta, mirada fija y remate certero. Gol. A los 45+2. Un golpe directo al ánimo de River justo antes del descanso. Boca se iba al vestuario arriba y con el control emocional del partido.
El segundo tiempo mostró otra cara del local. River salió con otra actitud, más decidido, más preciso en los pases y con mayor presencia en campo rival. La circulación mejoró y comenzaron a aparecer algunos espacios. Boca, por su parte, retrocedió unos metros y se dedicó a sostener la ventaja, apostando al orden defensivo y a alguna contra aislada.
Con el correr de los minutos, el partido se inclinó. River empujó, Boca resistió. El equipo local logró generar algunas situaciones, pero le faltó ese último toque, esa claridad en los metros finales para romper el cerrojo xeneize. Boca, firme atrás, defendió cada pelota como si fuera la última. La tensión crecía y el reloj avanzaba.
Y cuando el partido se moría, llegó otra jugada que encendió la polémica. En el área de Boca, un cruce, un contacto y todo River pidió penal. El estadio entero lo gritó. Los jugadores lo reclamaron con desesperación. Otra vez, miradas al árbitro. Otra vez, el silencio expectante. Pero esta vez, tras la revisión, la decisión fue otra: no hubo infracción.
La bronca explotó en Núñez. River sintió que se le escapaba la última chance. Boca, en cambio, respiró aliviado y se aferró a la ventaja con uñas y dientes. Los segundos finales se jugaron con el corazón en la boca, hasta que el pitazo marcó el cierre.
Fue victoria de Boca. Trabajada, sufrida y cargada de carácter. Golpeó en el momento justo y resistió cuando tuvo que hacerlo. River mejoró en el segundo tiempo, fue más preciso y empujó hasta el final, pero no le alcanzó. Y la polémica del cierre quedará flotando, como tantas otras en la historia de este clásico.
En el Monumental, donde todo parecía preparado para una fiesta local, terminó reinando el silencio. Porque Boca encontró en un penal, en el instante justo, la llave de un triunfo que vale más que un resultado. Vale orgullo. Vale historia. Vale un Superclásico.




