La primera semana del receso invernal en Buenos Aires dejó cifras preocupantes para el sector turístico. Entre reservas bajas, consumo medido y competencia internacional, la temporada enfrenta un desafío profundo: el de recuperar el deseo y el poder adquisitivo de viajar
Las vacaciones de invierno, que históricamente supieron ser una bocanada de aire para el turismo interno, este año llegaron con viento en contra. En la provincia de Buenos Aires, el termómetro turístico marca cifras más bien tibias: una ocupación hotelera que apenas alcanza entre el 30 y el 50 por ciento en los principales destinos. Y lo que antes se planificaba con semanas de antelación, hoy aparece como una decisión improvisada, cuando el bolsillo y el clima lo permiten.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí se ha profundizado. La Costa Atlántica, que durante años lideró las escapadas de invierno para familias del AMBA, hoy lucha con tarifas promocionales para llenar plazas. En Mar del Plata, por ejemplo, las expectativas están puestas más en la espontaneidad de las escapadas de fin de semana que en reservas seguras. Y eso habla no solo de un cambio en los hábitos, sino también de una creciente incertidumbre económica.
La postal se repite en otros puntos turísticos: sierras, pueblos rurales, termas. Todos con propuestas interesantes, muchas veces accesibles, pero igualmente golpeados por un turista que, antes de pensar en descansar, hace cuentas. A la caída del consumo se suma un factor que en otro momento era impensado: la competencia con el turismo internacional. Hoy, salir del país no es un lujo inalcanzable para ciertos sectores, y destinos como Brasil, Uruguay o el Caribe resultan atractivos por tipo de cambio y facilidades de financiación.
Sin embargo, reducir el problema a una cuestión de precios sería simplificar. Lo que está en crisis no es solo la economía, sino también la cultura del descanso. Viajar, para una enorme parte de la población, dejó de ser una prioridad. La incertidumbre laboral, el costo de vida y la falta de previsibilidad hacen que las vacaciones pasen a un segundo plano, o directamente se cancelen.
En este contexto, el turismo local intenta resistir con estrategias de último momento: actividades culturales gratuitas, promociones, ferias gastronómicas y experiencias breves, pensadas más para el habitante local que para el visitante lejano. Algunas funcionarán, otras no tanto. Pero lo cierto es que, sin una recuperación real del poder adquisitivo y una política sostenida de incentivo al turismo interno, estas acciones seguirán siendo paliativos.
El desafío que queda para lo que resta del receso es grande. Las segundas semanas suelen tener un pequeño repunte, sobre todo si el clima acompaña y si el humor social da lugar a una pequeña escapada. Pero pensar en una temporada exitosa, en términos históricos, parece una ilusión. Hoy el termómetro del turismo no mide calor de multitudes, sino el frío de una sociedad que mira con desconfianza incluso el derecho a descansar.
Foto: Viajeros Ocultos





