El empresario Elías Piccirillo, recientemente detenido por su presunta participación en un falso operativo policial, comparte celda con el exsecretario de Transporte kirchnerista Ricardo Jaime en el Módulo 1 del penal de Ezeiza, conocido internamente como “El Codo”. Lejos del poder y el confort que ambos supieron frecuentar, hoy transitan sus días en condiciones que rozan la indignidad.
Este sector del penal, destinado a detenidos de alto perfil, se caracteriza por su aislamiento y su estado de deterioro: humedad persistente en las paredes, goteras, falta de agua caliente y ausencia casi total de luz solar directa. Los internos apenas pueden salir una hora al día al patio interno, sin acceso a actividades laborales ni educativas, y en condiciones que, según sus abogados, vulneran los estándares mínimos de habitabilidad y derechos humanos.
La situación de Piccirillo ha generado impacto. Vinculado al ambiente empresarial y mediático, fue noticia semanas atrás por ser acusado de montar un falso procedimiento policial con droga y un arma plantada a un empresario. Desde su ingreso al penal, su salud mental se ha visto afectada: sufrió ataques de pánico y episodios de ansiedad. Según trascendió, busca consuelo en la escritura y la religión, en contacto frecuente con el capellán del penal.
Ricardo Jaime, por su parte, purga una condena por múltiples delitos de corrupción cometidos durante su gestión al frente de la Secretaría de Transporte de la Nación. Fue condenado por haber recibido coimas de empresarios beneficiados por subsidios estatales, entre otros cargos.
Ambos han solicitado, a través de un hábeas corpus, ser trasladados a otro módulo con mejores condiciones de detención. La presentación judicial sostiene que el régimen de aislamiento actual no solo agrava su situación psicológica, sino que también atenta contra su derecho a condiciones dignas de cumplimiento de pena o prisión preventiva.
Mientras tanto, en una celda oscura y silenciosa del penal de Ezeiza, dos figuras de la vida pública argentina atraviesan una convivencia forzada, unidos por un pasado de poder y un presente de encierro.






