Durante 75 años, el récord de mayor cantidad de nominaciones al Oscar pareció inamovible. Catorce candidaturas fue el techo que alcanzaron apenas tres películas en toda la historia del premio: Eva al desnudo (1950), Titanic (1997) y La La Land (2016). Cada una, en su época, condensó el entusiasmo de la industria, el favor de los votantes y una presencia casi omnipresente en todas las categorías relevantes. Hoy, ese número vuelve a estar en discusión y, por primera vez en décadas, no como una rareza estadística sino como una posibilidad concreta.
La temporada actual llega atravesada por cambios estructurales, campañas de premios cada vez más intensas y un escenario internacional que pesa más que nunca en las decisiones de la Academia. A eso se suma la incorporación de una nueva categoría casting que, sin alterar el prestigio de las nominaciones, amplía el universo total de candidaturas posibles. En ese contexto, dos títulos concentran las miradas: Sinners y Una batalla tras otra. Ambas no solo parten como favoritas en múltiples rubros, sino que además parecen tener el respaldo industrial necesario para empujar el número total más allá de lo conocido. La pregunta ya no es si competirán por el récord, sino si alguna de ellas logrará superarlo.
Un nuevo escenario para un récord antiguo
El sistema de premios de Hollywood nunca fue estático, pero en los últimos años los cambios se aceleraron. La apertura a producciones internacionales, la diversificación de los votantes y la consolidación de plataformas de streaming alteraron la lógica tradicional de las campañas. Hoy, una película puede perder fuerza en un sindicato y recuperarla en otro, o incluso despegar gracias a un premio clave otorgado en el momento justo.
En ese tablero, Sinners aparece como el caso más ambicioso. La película de Ryan Coogler no solo fue bien recibida por la crítica, sino que logró algo todavía más difícil: entusiasmo transversal. Funciona como espectáculo, como relato político y como vehículo actoral, lo que la vuelve competitiva tanto en categorías técnicas como artísticas. Michael B. Jordan se consolidó como uno de los intérpretes del año, mientras que su elenco secundario comenzó a sumar menciones en premios previos, un factor clave si se piensa en un récord de nominaciones.
Una batalla tras otra, dirigida por Paul Thomas Anderson, juega otra carta: el prestigio autoral. Anderson es un nombre que la Academia respeta y, aunque no siempre premie, rara vez ignora. La película reúne a figuras de peso como Leonardo DiCaprio y Benicio Del Toro, con interpretaciones que se mueven entre la contención dramática y la intensidad clásica, un registro que suele funcionar bien entre los votantes. Además, su fuerte presencia en los sindicatos de productores, directores y actores la posiciona como una de las columnas de la temporada.
El dato no es menor: cinco películas lograron coincidir en las principales nominaciones de esos tres sindicatos, un indicador histórico de presencia asegurada en Mejor Película. Allí aparecen, además de los dos títulos mencionados, Hamnet, Marty Supreme y Frankenstein. Esa coincidencia resuelve, en gran parte, la mitad de la lista final y deja menos espacio para sorpresas, aunque no las elimina del todo.

Actuaciones, dirección y el peso de los nombres propios
Las categorías individuales suelen ser el termómetro más sensible del clima de una temporada. En Mejor Dirección, todo indica una alineación bastante previsible, dominada por cineastas ya consagrados. Anderson, Coogler, Guillermo del Toro, Josh Safdie y Chloé Zhao reúnen credenciales suficientes como para repetir la lista del sindicato de directores. Del Toro, en particular, cuenta con una relación sólida con la Academia, reforzada por su triunfo previo y por el atractivo constante de sus universos visuales.
Sin embargo, siempre existe la tentación de un desliz inesperado. Joachim Trier, por ejemplo, logró apoyo en premios británicos con Sentimental Value, y Jafar Panahi carga con una historia personal tan poderosa como su cine. Aun así, la lógica de los Oscar tiende a inclinarse por figuras ya integradas al sistema, incluso cuando el discurso público celebra la diversidad.
En el terreno actoral, la competencia es feroz. Timothée Chalamet llega fortalecido tras imponerse en premios clave por Marty Supreme, mientras que DiCaprio y Jordan aparecen como apuestas seguras gracias al peso de sus películas. Wagner Moura, protagonista de El agente secreto, representa el impulso internacional que la Academia viene consolidando en los últimos años, especialmente cuando una interpretación logra visibilidad en premios televisados.
Las categorías femeninas no se quedan atrás. Jessie Buckley se perfila como la gran favorita por Hamnet, una actuación que combina sensibilidad y rigor dramático. Emma Stone y Renate Reinsve, al frente de películas con chances reales en Mejor Película, también cuentan con ventaja. El escenario se vuelve más incierto en los últimos lugares, donde influyen factores como la estrategia de campaña, la categoría elegida y el ruido generado en la prensa especializada.
En reparto, el panorama se fragmenta. Hay categorías prácticamente cerradas, como la de actor de reparto, donde Una batalla tras otra podría colocar a más de un intérprete, y otras mucho más abiertas, como la de actriz de reparto, donde la dispersión de votos y la falta de una favorita indiscutida dejan espacio para sorpresas de último momento.
¿Un récord que cae o una ilusión estadística?
La posibilidad de superar las 14 nominaciones no depende solo de la calidad o del entusiasmo crítico. Requiere una combinación precisa de factores: amplitud temática, presencia en rubros técnicos, múltiples actuaciones destacadas y una narrativa industrial que acompañe. En ese sentido, Sinners parece tener una ligera ventaja. Si logra colarse en categorías secundarias y sumar apoyos en actuación de reparto, el número podría crecer rápidamente.
No sería la primera vez que la Academia acompaña un fenómeno de este tipo. Titanic y La La Land no solo dominaron sus respectivas ceremonias, sino que también representaron un momento particular del cine estadounidense. Si alguna de las películas de este año logra encarnar ese espíritu —mezcla de ambición, espectáculo y consenso—, el récord dejará de ser una referencia histórica para convertirse en una marca superada.
Más allá de si el número finalmente cae o no, la discusión revela algo más profundo: los Oscar atraviesan una etapa de transición. Con más voces, más países y más formatos en juego, el mapa de nominaciones se volvió menos predecible, pero también más interesante. En ese movimiento, romper un récord de 75 años no sería solo una curiosidad estadística, sino el síntoma visible de un cambio más amplio en la manera de consagrar al cine contemporáneo.
Foto: REUTERS/ The New York Time







