Expectativas en baja: qué hay detrás de la caída en la confianza y por qué todavía no es una crisis para Milei

La caída en los indicadores de confianza encendió una señal de alerta en el tablero político y económico, pero el dato más relevante no es el descenso en sí, sino lo que revela sobre el cambio de clima social. En las últimas semanas, distintos estudios comenzaron a mostrar un deterioro en la percepción sobre la economía y la gestión de Javier Milei, en un contexto donde el ajuste ya impacta de lleno en la vida cotidiana. Sin embargo, lejos de anticipar un escenario crítico, los números abren una discusión más compleja sobre expectativas, tiempos económicos y tolerancia social.

Los relevamientos de la Universidad Torcuato Di Tella y la Universidad de San Andrés coinciden en marcar una tendencia: crecen las dudas sobre el futuro inmediato. Pero hay un dato que cambia la lectura y evita conclusiones apresuradas: el nivel actual de confianza sigue estando por encima de experiencias recientes en momentos comparables. Esa diferencia es clave para entender por qué, pese al desgaste, el Gobierno aún no enfrenta un escenario de crisis.

El verdadero interrogante, entonces, no es si los índices caen —porque efectivamente lo están haciendo— sino hasta qué punto ese descenso puede convertirse en un problema político estructural o si se trata de una corrección esperable tras el entusiasmo inicial.

La caída que enciende alertas, pero no marca un quiebre

El Índice de Confianza del Gobierno (ICG) volvió a retroceder en marzo y acumuló su tercer descenso consecutivo en lo que va del año. La baja mensual fue del 3,5%, sumándose a caídas previas en enero y febrero, lo que configura un deterioro sostenido durante el primer trimestre.

A primera vista, la tendencia puede interpretarse como una señal negativa. Sin embargo, el nivel del índice introduce un matiz fundamental: se mantiene por encima de los registros que exhibía el gobierno de Alberto Fernández en el mismo período y en una línea similar a la de Mauricio Macri durante su primer año.

Este punto es central porque redefine el diagnóstico. No se trata de una caída desde niveles bajos, sino de una corrección desde una base relativamente alta. En otras palabras, el Gobierno pierde parte del impulso inicial, pero todavía conserva un respaldo significativo.

El informe de la Universidad de San Andrés refuerza esta idea, aunque introduce un elemento de mayor tensión. Solo un tercio de los encuestados se muestra satisfecho con la marcha general del país, mientras que la insatisfacción alcanza niveles elevados. Además, la desaprobación supera a la aprobación de la gestión.

Pero incluso en este escenario, aparece un dato que obliga a mirar con más detalle: el contexto histórico muestra que estos niveles no son inusuales en momentos de ajuste económico. La diferencia, una vez más, está en la ausencia de un evento disruptivo que acelere el deterioro.

El dato que cambia todo: ya no es la inflación

Durante meses, la inflación fue el eje central de la preocupación social. Sin embargo, los últimos relevamientos muestran un cambio significativo en las prioridades de los argentinos, y este giro es clave para entender el deterioro en las expectativas.

Hoy, los principales problemas percibidos son los bajos salarios y la falta de empleo. Este desplazamiento no es menor: indica que la preocupación dejó de ser únicamente el aumento de precios para enfocarse en la capacidad real de sostener el nivel de vida.

En este punto, el rol del ministro de Economía, Luis Caputo, resulta determinante. La estrategia oficial logró avances en la desaceleración inflacionaria, pero ese logro todavía no se traduce en una mejora concreta del ingreso disponible ni en una recuperación del consumo.

Y ahí aparece otro dato clave que explica el cambio de humor: la confianza del consumidor también cae. El índice correspondiente registró una baja significativa en marzo y acumula un retroceso cercano al 10% en apenas dos meses. Este indicador funciona como termómetro directo del bolsillo y suele anticipar cambios en el comportamiento económico.

La caída no es uniforme. El Gran Buenos Aires muestra el mayor deterioro, seguido por la Ciudad de Buenos Aires, mientras que el interior presenta una leve mejora. Esta diferencia territorial sugiere que el impacto del ajuste no es homogéneo y que existen realidades económicas divergentes dentro del país.

Además, los sectores de menores ingresos son los más afectados, lo que profundiza la percepción negativa. Este punto es especialmente sensible porque influye directamente en el clima social y en la sostenibilidad política de las medidas económicas.

Por qué todavía no es una crisis (y qué debería pasar para que lo sea)

Con todos estos datos sobre la mesa, la pregunta inevitable es si el Gobierno enfrenta un problema serio o simplemente una etapa de desgaste previsible. La respuesta, por ahora, se inclina hacia la segunda opción, aunque con matices.

A diferencia de otros momentos de la historia reciente, no hay señales de una crisis macroeconómica inminente. No se observa una corrida cambiaria ni un descontrol financiero que acelere el deterioro de manera abrupta. Esta estabilidad relativa funciona como un ancla que contiene el impacto negativo de las expectativas.

El contraste con lo ocurrido durante la gestión de Macri en 2018 es ilustrativo. En aquel entonces, una crisis cambiaria desencadenó una caída rápida y profunda en la confianza. Hoy, ese factor está ausente, lo que permite al Gobierno administrar el desgaste con mayor margen.

Sin embargo, esto no implica que el escenario esté exento de riesgos. El dato más preocupante no es la caída actual, sino el crecimiento de las expectativas negativas. Cada vez más argentinos creen que la situación empeorará en el corto plazo, lo que puede afectar decisiones de consumo, inversión y ahorro.

Aquí aparece el verdadero desafío para la gestión de Milei: transformar la estabilidad macro en mejoras concretas para la población. Si la desaceleración de la inflación comienza a reflejarse en salarios reales más altos, acceso al crédito y recuperación del consumo, es probable que los indicadores reviertan su tendencia.

Pero si esa mejora no llega, el desgaste puede profundizarse. Y en ese escenario, la caída dejaría de ser una corrección para convertirse en una señal de alarma más seria.

Por ahora, el cuadro es de transición. Los indicadores muestran un cambio en el ánimo social, pero no un quiebre. El respaldo no desaparece, pero se vuelve más exigente. Y en ese punto se define todo: el futuro de la confianza no dependerá de las expectativas, sino de los resultados concretos que el Gobierno logre mostrar en los próximos meses.

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