Cada 1° de agosto, en distintas regiones de Argentina y América Latina, se celebra el Día de la Pachamama. La tierra es homenajeada, se le ofrenda comida, bebida y tabaco, y se agradece por lo recibido. El gesto, sencillo y profundamente simbólico, encierra siglos de historia, cosmovisiones indígenas y también nuevas preguntas: ¿cómo se vive hoy ese vínculo con la naturaleza? ¿Qué significa cuidar la Tierra en una era marcada por el extractivismo y la crisis ambiental?
Un legado que late bajo el suelo
La Pachamama no es solo una deidad de la tierra. Es una forma de entender el mundo. Para los pueblos originarios del área andina, la Tierra no es un recurso a explotar, sino una entidad viva que siente, da, reacciona y merece respeto. En esa cosmovisión no hay separación entre lo humano y lo natural: todo está conectado. El que daña a la tierra, se daña a sí mismo.
Este pensamiento fue arrasado por la conquista, relegado por la colonización, y durante siglos silenciado o folclorizado. Sin embargo, en las últimas décadas, muchas comunidades tanto indígenas como urbanas han vuelto a posicionarlo en el centro del debate contemporáneo.
De la ofrenda simbólica al reclamo político
Hoy, el ritual de alimentar a la Tierra se mantiene vigente en provincias como Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y muchas otras. Pero también se replica en las ciudades, donde emerge una nueva sensibilidad ecológica que busca reencontrarse con lo sagrado de la naturaleza. Esta resignificación urbana del rito a veces cae en lo superficial o meramente decorativo, pero también puede funcionar como punto de partida para repensar cómo habitamos el mundo.
En este contexto, la figura de la Pachamama se transforma en símbolo de luchas actuales: contra el avance del litio sin consulta a comunidades, contra la contaminación del agua, contra los desmontes en el Gran Chaco. Como lo expresó la antropóloga Maristella Svampa, “la crisis ecológica actual es también una crisis civilizatoria”, y en ella las cosmovisiones indígenas aportan claves que la modernidad ha olvidado.
El riesgo de la apropiación vacía
Mientras crece el uso institucional y turístico de la figura de la Pachamama, también se multiplican las voces que alertan sobre su banalización. Celebrarla un día al año mientras se destruyen los ecosistemas que sustentan la vida es, al menos, una contradicción.
No se trata solo de hacer una ofrenda en una plaza o en la escuela, sino de preguntarnos si nuestras acciones cotidianas respetan realmente ese equilibrio natural. ¿Qué modelo de desarrollo estamos impulsando? ¿Quiénes deciden sobre los territorios y sus recursos? ¿Escuchamos a las comunidades que llevan siglos habitando y cuidando esos lugares?
Una oportunidad para mirar distinto
Pensar en la Pachamama hoy no es volver al pasado, sino abrir otra mirada hacia el futuro. Una mirada que reconozca que no somos dueños de la Tierra, sino parte de ella. Que el “progreso” no puede medirse solo en términos económicos, sino también en salud ambiental, justicia territorial y bienestar colectivo.
La Pachamama es memoria viva, pero también posibilidad. Nos recuerda que hay otras formas de estar en el mundo, menos violentas, menos aceleradas, más conectadas con el entorno. Y que quizás, si prestamos atención, todavía estamos a tiempo de aprender de ellas.





