El discurso de Máximo Kirchner en el Congreso es un nuevo capítulo en la estrategia de la indignación selectiva. Con su estilo característico, lleno de advertencias catastrofistas y frases efectistas, el diputado arremetió contra el gobierno de Javier Milei y los legisladores que acompañan sus medidas. “Le están dando plenos poderes a una persona que no puede identificar una estafa a dos centímetros de su nariz”, lanzó con tono desafiante. Sin embargo, lo que no dijo es que su propio espacio político gobernó durante 16 de los últimos 21 años y que muchas de las crisis que hoy denuncia se gestaron bajo la gestión kirchnerista.
Hablar de la deuda como si fuera un problema ajeno es, cuanto menos, una hipocresía. En su discurso, Kirchner recuerda que “este acuerdo no asegura la sostenibilidad del endeudamiento luego del 2025”, pero omite mencionar que el gobierno de su madre, Cristina Fernández de Kirchner, no solo no resolvió el problema de la deuda, sino que dejó una economía completamente desordenada. Durante el mandato de Alberto Fernández, en el que Máximo Kirchner fue un actor clave, el acuerdo con el FMI se renegoció sin modificar estructuralmente el modelo de endeudamiento.
De hecho, cuando el kirchnerismo tuvo la oportunidad de plantarse ante el Fondo, lo único que hizo fue patear el problema hacia adelante.
La crítica de Kirchner hacia la entrega de facultades al Ejecutivo también suena forzada. “Este Congreso y sus integrantes fueron llamados ratas por el presidente”, señaló con tono de indignación. Sin embargo, en 2014, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner logró que el Congreso le otorgara amplias facultades delegadas sin que el entonces diputado Máximo Kirchner elevara la voz. Tampoco cuestionó cuando el kirchnerismo utilizó decretos de necesidad y urgencia para sortear al Congreso.
Es evidente que la preocupación por el equilibrio de poderes es más una herramienta discursiva que una convicción real.
Pero quizás el punto más alarmante de su intervención fue su referencia a los planes económicos y su afirmación de que “estos planes económicos solo pueden avanzar con muerte y con tortura”. Vincular las reformas económicas actuales con la dictadura militar no solo es una exageración irresponsable, sino que también banaliza el horror de aquellos años. Si algo quedó demostrado en las últimas décadas es que la inflación, el estancamiento y la pobreza no necesitan dictaduras para profundizarse; el kirchnerismo lo hizo bajo gobiernos democráticos.

El discurso de Máximo Kirchner está construido sobre una premisa falaz: la idea de que el kirchnerismo representa la única resistencia legítima a los planes de ajuste y entrega. Sin embargo, su propia gestión demostró que no hay diferencia entre posturas ideológicas cuando se trata de garantizar el pago de la deuda. Como él mismo recordó, en 2022 incluso el actual presidente Javier Milei votó en contra del acuerdo con el FMI, algo que demuestra que la política argentina no se divide entre patriotas y traidores, sino entre aquellos que buscan soluciones y quienes se aferran al relato.
Argentina necesita dirigentes con autocrítica, con propuestas reales y con voluntad de diálogo. En un momento de crisis profunda, los discursos como el de Máximo Kirchner no suman nada: solo refuerzan la polarización, alimentan la victimización y desvían el foco de los verdaderos problemas. Su estrategia es clara: nunca asumir responsabilidades, siempre señalar culpables y, sobre todo, seguir haciendo de la indignación un negocio político.






