Pocas obras han marcado tan profundamente la cultura argentina como El Eternauta. No solo por su potencia narrativa y estética, sino por su capacidad de capturar, como pocas, el clima de angustia y resistencia de toda una época. Que Netflix haya decidido adaptar este clásico a formato de serie no es un hecho menor: es, al mismo tiempo, una apuesta global por una historia local, y una prueba de fuego para un relato que siempre fue mucho más que ciencia ficción.
Creada por Oesterheld en 1957, El Eternauta narra la historia de un grupo de personas atrapadas en una Buenos Aires invadida por una nevada mortal y fuerzas alienígenas. Pero bajo la superficie de ese relato apocalíptico, late una profunda reflexión sobre el heroísmo colectivo, la lucha contra lo desconocido y la necesidad de resistir incluso cuando todo parece perdido. Esa densidad simbólica convirtió a la historieta en un emblema cultural y político, cuyo autor terminó desaparecido por la dictadura militar, precisamente por esa voluntad de narrar lo que incomoda.
La serie de Netflix, protagonizada por Ricardo Darín y dirigida por Bruno Stagnaro, intenta traducir ese espíritu a un lenguaje contemporáneo. Y aunque lo logra en muchos aspectos una producción visual potente, una ambientación que mezcla lo retrofuturista con lo distópico, actuaciones sobrias y una dirección que respeta el material original, también plantea interrogantes sobre los límites de la globalización del contenido.
Porque El Eternauta no es solo una historia «argentina» llevada al mundo. Es una historia argentina desde Argentina, con todas sus capas históricas, políticas y emocionales. En ese sentido, la adaptación corre el riesgo de aplanar ciertas tensiones para hacerla más «universal», y con ello perder parte de su filo ideológico y su singularidad narrativa.
Sin embargo, sería injusto juzgarla solo por lo que no es. En un panorama saturado de fórmulas narrativas repetidas, que una historia como esta llegue a una audiencia internacional es en sí un gesto valioso. Y si consigue despertar la curiosidad por la obra original, por la figura de Oesterheld, por la historia reciente del país, entonces habrá cumplido un objetivo más profundo que el simple entretenimiento.
La adaptación de El Eternauta no es perfecta, pero es oportuna. En tiempos donde el futuro se percibe cada vez más incierto y el presente amenaza con volverse irrespirable, recuperar este relato sobre una comunidad que resiste, que se organiza, que no se entrega ante la adversidad, es una forma de volver a creer en lo colectivo. Y eso, quizás, sea lo más revolucionario de todo.
Foto: Periodismo de Izquierda





